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viernes, 28 de septiembre de 2012

La pelota es mía

Publicado en el Magazine de Martí Perarnau.


Cuando éramos unos niños y nos juntábamos varios para jugar, ya fuera en la cancha del colegio o en una plaza o jardín, o en cualquier lugar en el que dos mochilas, dos chaquetas o dos árboles pudieran hacer de porterías, siempre había un chaval que tenía el poder sobre el resto de los jóvenes jugadores. Ese chico era el poseedor del único elemento fundamental para que la pachanga pudiera tener lugar: la pelota. Todos los demás componentes tenían una importancia relativa, como la estabilidad del terreno, el número y paridad de participantes y los viandantes que esquivaban (o no) los lanzamientos algo desviados.

El partido comenzaba y tenías que tratar de jugar mejor o tener más suerte que el rival para llevarte a casa la satisfacción de un triunfo y una golosina con una Coca-Cola como trofeo. Pero durante el tiempo que durara el choque, debías tener cuidado de no molestar demasiado a ese chico que había traído el balón en una mochila, en una bolsa o dándole patadas. Si le hacías una entrada algo fuerte, podía cabrearse, coger el esférico y poner punto final a la tarde futbolística. Él era el único que tenía derecho a pasar el balón en contadas ocasiones, porque si le gritabas y le decías eso de “¡estaba solo!”, podía no volver a invitarte a jugar.