Publicado en el Magazine de Martí Perarnau.
El estadio Geoffroy-Guichard de Saint-Étienne acogía el primer gran duelo del Mundial de Francia. El 30 de junio de 1998, Argentina e Inglaterra se citaron de nuevo en la lucha, como en las Malvinas, como en el estadio Azteca, otra vez cara a cara, esta vez, por un puesto en los cuartos de final. Los albicelestes cumplieron con sus deberes en la fase de grupos, ganando con comodidad a Jamaica y por la mínima a Japón y a la Croacia de Suker y Boban, a la postre meritoria tercera clasificada. Argentina cumplió con su parte, pero como premio le tocó bailar con una compañera no precisamente atractiva, Inglaterra, que dejó sin hacer parte del trabajo en la segunda jornada, cuando cayó contra Rumanía, y tuvo que conformarse con meterse en la siguiente ronda como segunda de grupo.
Como se esperaba en un primer momento, el partido gozó de la tensión propia de los enfrentamientos entre dos países que se repudian. Lo que quizás sorprendió fue el rápido movimiento en el marcador. Claudio López se internó en el área inglesa, controlado por Gary Neville que se sorprendió por la torpe salida de Seaman para derribar al delantero del Valencia. El árbitro señaló el punto fatídico y Gabriel Omar Batistuta superó al cancerbero gunner, a pesar de que rozó el balón con la punta de los dedos.
Aquel partido supuso el descubrimiento para muchos y la confirmación para otros de un chaval de 18 años que jugaba de delantero en el Liverpool y apenas superaba los 170 centímetros de estatura. Michael Owen (Chester, 1979) lideró a Inglaterra durante los 90 minutos reglamentarios y los eternos 30 minutos extras. Pero tan sólo necesitó ocho de esos minutos para deslumbrar al mundo entero. Encaró a la defensa argentina y dando muestras de una sangre fría y picardía incomparables, Owen se dejó caer dentro del área ante Roberto Fabián Ayala, que ni siquiera lo tocó. El árbitro picó y Shearer puso el empate.