Publicado en el Magazine de Martí Perarnau.
Cuando se acercan los Juegos Olímpicos, hay varios deportes que se miran con más atención que otros por los aficionados de un país en concreto, por el simple hecho de que el representante de su nación tiene serias posibilidades para volver a casa con alguna que otra medalla al cuello. Se sientan delante del televisor acompañados de refrescos y algo de picar suficiente para que dure toda la prueba y saltan de alegría si el deportista consigue su objetivo. O vuelven a sus tareas con caras largas por una amarga derrota.
En España todos seguimos con entusiasmo el baloncesto, porque gracias a la mejor generación de jugadores de nuestra historia soñamos con ser capaces de ganar al Dream Team estadounidense. Puede que sea posible: no lo parece, pero lo creemos factible. También teníamos claro que el fútbol era medalla segura, llegamos a Londres con tres campeones de la Eurocopa y un grupo de chavales de fina calidad y nos topamos con la realidad como un planchazo al saltar mal a la piscina.
Precisamente un planchazo es lo que se han llevado los seguidores italianos en la piscina olímpica de Londres. En la representación azzurra en estos Juegos las medallas aseguradas de antemano eran sobre todo las de la esgrima, donde Valentina Vezzali, Elisa Di Francisca y su equipo cumplieron lo prometido y se llevaron la gloria en el ExCel Center. La squadra de waterpolo sigue con paso firme en su lucha por el podio, como esperaban sus aficionados. Probablemente en voleibol también consigan llevarse algún metal.