1.- Brasil empezó el partido ya perdiendo contra México. Cierto es que las reglas del fútbol obligan a comenzar todos los partidos del deporte rey con igualdad entre ambos equipos, pero hoy en Londres no fue así. Y no lo fue no porque Oribe Peralta se encontrara un regalo de la defensa brasileña a los treinta segundos. No, eso es algo secundario que si no hubiera ocurrido justo al principio del encuentro, habría llegado con el paso de los minutos.
2.- Brasil empezó perdiendo por su nombre, por sus títulos y por los jugadores con los que ha contado. El favoritismo brasileño evitó que el público general se fijara en el rival de la gran final, un equipo que viene de ser campeón del mundo Sub-17 y medalla de bronce en el Mundial Sub-20. Esa superioridad en el papel pareció contagiarse a los jugadores de Mano Menezes, que está probablemente ultimando los papeles para la rescisión de su contrato con la Confederación Brasileña de Fútbol.
3.- Brasil salió al campo con los normales nervios previos de una final. Esos nervios que se convierten en adrenalina una vez que el árbitro pita el comienzo del partido siguieron en su estado inicial durante una cantidad de minutos bochornosa para los aficionados de la Canarinha desplazados a Londres. El reflejo fundamental del insufrible estado de ánimo brasileño es la pérdida de balón de Rafael a los 20 segundos del encuentro. El lateral del United pasará a la historia como uno de los principales culpables por la derrota, pero la pérdida de balón no es totalmente culpa suya. Durante varios segundos y tras levantar la cabeza una y otra vez, Rafael no encuentra ningún apoyo liberado para servirlo y tiene que arriesgarse a soltar la pelota ante la presión de dos mexicanos. El final de la historia la escribió Peralta.