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martes, 2 de octubre de 2012

Fin a la maldición de San Siro

Publicado en ElMundo.es.

Cambiasso y Cassano, que el curso pasado militaba en el Milan. (EFE)


El Milan consiguió ganar en casa entre semana al Cagliari tras dos derrotas

Seis partidos oficiales han tenido que esperar los ‘tifosi’ del Inter para celebrar una victoria en su estadio


Pocas veces en la historia del fútbol español dos clubes han compartido estadio para disputar sus encuentros como local. Desde que se fundaron, el Atlético de Madrid y el Real Madrid han tenido cada uno un lugar donde jugar propio, alejado del campo del rival, como es el caso también del Barcelona y el Espanyol, que nunca han tenido que compartir su recinto deportivo. Estos son sólo unos ejemplos, pero el hecho de no convivir con un club de la misma ciudad en un mismo estadio se extrapola al resto del territorio futbolístico español.

Sin embargo, en Italia es algo muy común. Durante muchos años, la Juventus y el Torino han jugado sus partidos en varios estadios de la ciudad piamontesa, como el Estadio Filadelfia, el Olímpico y el Delle Alpi y han convivido hasta que la ‘Vecchia Signora’ se trasladó a su estadio propio en el verano de 2011. En Génova, el estadio Luigi Ferraris, más conocido como Marassi, acoge los encuentros de Sampdoria y Genoa. Y Roma y Lazio llevan 59 años marcando goles en el Stadio Olimpico de la capital italiana.

En Milán ocurre exactamente lo idéntico. El Milan comenzó a utilizar el estadio de San Siro en 1926, disputando su primer encuentro contra el Inter de Milán, un amistoso que se llevaron los ‘nerazzurri’ por 6-3. Veintiún años después de aquel choque, en 1947, el Inter se trasladó también a las instalaciones del campo milanés y desde aquel momento el Giuseppe Meazza, nombre que se le dio en 1980 en honor del mítico jugador interista, se convirtió en la sede de dos de los clubes más grandes de Italia.


viernes, 28 de septiembre de 2012

La pelota es mía

Publicado en el Magazine de Martí Perarnau.


Cuando éramos unos niños y nos juntábamos varios para jugar, ya fuera en la cancha del colegio o en una plaza o jardín, o en cualquier lugar en el que dos mochilas, dos chaquetas o dos árboles pudieran hacer de porterías, siempre había un chaval que tenía el poder sobre el resto de los jóvenes jugadores. Ese chico era el poseedor del único elemento fundamental para que la pachanga pudiera tener lugar: la pelota. Todos los demás componentes tenían una importancia relativa, como la estabilidad del terreno, el número y paridad de participantes y los viandantes que esquivaban (o no) los lanzamientos algo desviados.

El partido comenzaba y tenías que tratar de jugar mejor o tener más suerte que el rival para llevarte a casa la satisfacción de un triunfo y una golosina con una Coca-Cola como trofeo. Pero durante el tiempo que durara el choque, debías tener cuidado de no molestar demasiado a ese chico que había traído el balón en una mochila, en una bolsa o dándole patadas. Si le hacías una entrada algo fuerte, podía cabrearse, coger el esférico y poner punto final a la tarde futbolística. Él era el único que tenía derecho a pasar el balón en contadas ocasiones, porque si le gritabas y le decías eso de “¡estaba solo!”, podía no volver a invitarte a jugar.